Hay imágenes que nos obligan a detenernos. La fotografía que acompaña estas líneas, recibida desde París por la vía de Andorra, muestra una calle envuelta en llamas, una enorme columna de humo negro y varias personas que permanecen a escasos metros de los incendios.
Es una imagen dura. De esas que despiertan inquietud, incluso cuando no conocemos todos los detalles de lo sucedido.
Y precisamente por eso conviene empezar con prudencia. Una fotografía puede mostrar la gravedad de unos disturbios, pero no permite conocer por sí sola quién los provocó, qué reivindicaciones había detrás ni cómo comenzaron los incidentes.
Lo que sí permite es plantearnos una pregunta que, desde Andorra, adquiere un significado especial. ¿Qué está sucediendo en Francia y hasta qué punto debería interesarnos su evolución política?
Porque Francia no es solamente nuestro país vecino. El presidente de la República Francesa es también copríncipe de Andorra. Y esa circunstancia, que forma parte de nuestra historia y de nuestro modelo constitucional, merece una reflexión que vaya más allá de las noticias internacionales.
Cuando el descontento llega a las calles
Francia tiene una larga tradición de movilizaciones sociales. Su historia está profundamente vinculada a la protesta, a la defensa de los derechos ciudadanos y al cuestionamiento del poder político.
Sin embargo, detrás de las grandes manifestaciones también existen preocupaciones cotidianas que conocemos bien: el coste de la vivienda, la pérdida de poder adquisitivo, las dificultades de las familias y la percepción de que las instituciones no siempre ofrecen respuestas a tiempo.
No todas las protestas tienen las mismas causas ni todos los manifestantes comparten las mismas ideas. Y hay algo que considero esencial recordar: reivindicar derechos es legítimo; poner en peligro a otras personas mediante actos violentos no lo es.
No podemos confundir la protesta pacífica con los disturbios, pero tampoco debemos permitir que las imágenes más violentas impidan escuchar las preocupaciones sociales que puedan existir detrás de una movilización.
Me preocupa que terminemos acostumbrándonos a estas escenas, que el humo y las barricadas se conviertan en una imagen más de nuestros informativos y que olvidemos preguntarnos qué sucede después, cuando las cámaras se marchan y los ciudadanos regresan a sus casas.
Dos países ante las urnas, una relación institucional singular
El año 2027 será especialmente interesante para quienes seguimos la política desde Andorra. Francia celebrará elecciones presidenciales y Andorra también se encuentra ante su próximo ciclo de elecciones generales. Las fechas exactas de las convocatorias deberán confirmarse oficialmente.
No hablamos de dos procesos electorales equivalentes. Francia elegirá a su presidente y Andorra a sus representantes parlamentarios, de cuya mayoría surgirá el próximo jefe de Gobierno.
Pero existe una particularidad que nos diferencia de cualquier otro Estado europeo. El artículo 43 de nuestra Constitución establece que el obispo de Urgell y el presidente de la República Francesa ejercen conjuntamente la jefatura del Estado andorrano, con poderes iguales y delimitados por la propia Constitución.
Por tanto, cuando los franceses elijan a su próximo presidente, también estarán determinando quién será uno de nuestros dos copríncipes. Y lo harán sin que los ciudadanos andorranos participemos en esa elección, salvo quienes también tengan derecho de voto en Francia.
Es una singularidad histórica que ha contribuido a la continuidad de nuestro país y que merece ser comprendida en toda su dimensión. No significa que un cambio de presidente francés vaya a alterar automáticamente nuestro sistema institucional. La Constitución andorrana establece límites y garantías, y la soberanía corresponde al pueblo andorrano.
Pero tampoco podemos ignorar que quien ocupe el Elíseo tendrá una responsabilidad institucional directa respecto a Andorra.
¿Qué puede cambiar para Andorra?
No sabemos quién ocupará la presidencia francesa en 2027. Tampoco sería riguroso anticipar las consecuencias de un resultado que todavía no se ha producido.
Lo que sí podemos hacer es observar las distintas orientaciones políticas que participan en el debate francés y preguntarnos cómo podrían influir en sus relaciones con el Principado.
La política migratoria, la seguridad fronteriza, la fiscalidad, las relaciones con la Unión Europea y la cooperación económica son ámbitos en los que las decisiones francesas pueden tener efectos para Andorra. También lo son las infraestructuras y las comunicaciones.
Quienes vivimos en este país sabemos perfectamente lo importante que resulta mantener una conexión fluida con Francia. No solamente para el turismo y el comercio, sino para las familias, los trabajadores y las empresas que dependen de esa relación cotidiana.
Ahora bien, conviene distinguir dos responsabilidades: la que tendrá el futuro presidente francés como dirigente de su propio país y la que ejercerá como copríncipe de Andorra. Son funciones diferentes y sujetas a marcos jurídicos distintos.
Precisamente por eso, más que preguntarnos si un determinado resultado electoral debería inquietarnos, quizá deberíamos interesarnos por el conocimiento y el compromiso que los futuros responsables políticos franceses tengan con nuestra realidad institucional.
Andorra necesita mantener relaciones constructivas con Francia, independientemente de quién gobierne en París.
La estabilidad no debería darse por descontada
En Andorra vivimos una realidad política y social distinta de la francesa. No sería justo trasladar automáticamente sus conflictos a nuestro país ni establecer paralelismos que no se sostienen.
Pero sí compartimos preocupaciones. La vivienda, el coste de la vida, el futuro de los jóvenes y la confianza en las instituciones forman parte también de nuestro debate público.
Las respuestas políticas pueden ser diferentes, como diferentes son las dimensiones y las estructuras de ambos Estados.
Sin embargo, existe una enseñanza que podemos extraer de cualquier sociedad que atraviesa momentos de tensión: la estabilidad no consiste únicamente en la ausencia de conflictos, sino también en la capacidad de las instituciones para escuchar y resolver los problemas antes de que se agraven.
En 2027, Francia y Andorra afrontarán decisiones políticas relevantes. Dos elecciones distintas, dos realidades diferentes, pero una relación institucional que continuará más allá de sus resultados. Y eso exige responsabilidad, diálogo y una mirada que no se limite al corto plazo.
Lo que las llamas no deberían ocultarnos
Regreso a la fotografía de París. El fuego ocupa la calle y el humo oscurece el cielo. Hay personas que observan, otras que graban y algunas que parecen continuar con una extraña normalidad en medio de una escena inquietante.
No sé qué piensa cada una de ellas. Pero sí sé que detrás de cualquier episodio de tensión social hay ciudadanos que merecen vivir con seguridad, manifestantes pacíficos que merecen ser escuchados y profesionales que deben garantizar el orden público respetando los derechos de todos.
No deberíamos utilizar esas imágenes para alimentar el miedo ni para sacar conclusiones políticas precipitadas. Tampoco deberíamos ignorarlas.
Desde Andorra, nuestra mirada tiene que ser especialmente serena, porque lo que suceda en Francia nos interesa por razones económicas, históricas, humanas y constitucionales.
En unos meses, ambos países acudirán a las urnas. Y aunque cada uno decidirá su propio futuro político, seguiremos compartiendo una institución que forma parte de la identidad de nuestro Estado.
Quizá sea un buen momento para recordar que la fortaleza de una democracia no se mide solamente por la celebración de elecciones, sino por la confianza que sus ciudadanos mantienen en las instituciones que los representan.
Porque cuando observo las llamas de París, no me pregunto únicamente qué está sucediendo en Francia. Me pregunto también si, desde Andorra, somos suficientemente conscientes de que una parte de nuestra jefatura del Estado se decidirá en unas urnas situadas al otro lado de la frontera.
Y, sobre todo, si estamos prestando a ese hecho la atención que merece.





