El derecho a descansar: una cuestión de igualdad en Andorra

La reflexió destaca la culpa que senten les persones quan descansen, especialment les dones que es vénen obligades a gestionar múltiples tasques. Aquesta sobrecàrrega, sumada a les expectatives culturals, dificulta el dret al descans. Reivindicar-lo no només implica cuidar la salut, sinó també impulsar una reestructuració del model social i econòmic d'Andorra.
Sílvia Mosquera, copresidenta de Concòrdia, reflexionando sobre el descanso en Andorra.
Sílvia Mosquera aborda la importancia del descanso en la sociedad andorrana.

Descansar sin culpa

Una extraña sensación de culpa surge al detenerme. No se trata de cansancio físico, sino de una inquietud más profunda. La impresión de que debería estar haciendo algo: respondiendo correos, avanzando en trabajo, organizando, anticipando, produciendo… Cuando descanso sin un objetivo, algo en mí me dice que no es legítimo.

En un país pequeño como Andorra, donde la vida se mueve rápidamente, esta sensación es constante. La economía intensa, el turismo permanente, la presión competitiva y la hiperconexión digital contribuyen a que tener una agenda repleta sea casi un distintivo de valor. Si estás muy ocupada, es porque eres necesaria. Si no paras, es que cuentas. Sin darnos cuenta, acabamos midiendo nuestro valor de esta manera.

La autoexigencia en la sociedad actual

El filósofo Byung-Chul Han describe nuestra realidad como la “sociedad del rendimiento”: ya no estamos controlados por un sistema disciplinario externo, sino que nos autoexigimos. Somos, dice, empresarios de nosotros mismos, donde el explotador y el explotado son la misma persona. Esta idea explica mucho de lo que vivimos, aunque no afecta a todos de igual manera.

Las estadísticas europeas revelan que las mujeres asumen casi el doble de horas de trabajo no remunerado en comparación con los hombres. Esta sobrecarga no desaparece en un territorio pequeño; a menudo, se intensifica. En sociedades como la nuestra, con redes limitadas y servicios escasos, muchas mujeres manejan simultáneamente su carrera profesional, la gestión del hogar, la crianza, el cuidado de personas mayores y una vida social activa y exigente. No solo trabajamos; sostenemos. Y el tiempo para nosotras mismas se convierte en algo residual.

La necesidad del descanso

La conciliación, tan presente en los discursos institucionales, a menudo se traduce en una reorganización del tiempo femenino que no redistribuye el peso, sino que lo absorbe. Y lo que se absorbe frecuentemente es el descanso.

Sin embargo, el descanso no es un capricho. Es salud mental, regulación emocional y prevención del colapso. La Organización Mundial de la Salud advierte sobre una mayor prevalencia de ansiedad y depresión en mujeres. Esto no es una fragilidad individual; es una consecuencia sistémica de una sobrecarga continua.

En el contexto del tecnocapitalismo, incluso el descanso ha sido instrumentalizado. Desconectar para rendir mejor después, meditar para optimizar, dormir para producir más. Descansar sin una finalidad parece casi subversivo.

Cuestionando la estructura social

Una mujer que dice “ahora no” rompe con la expectativa cultural de disponibilidad permanente. Una mujer que prioriza su tiempo desafía una estructura que da por hecho que siempre podrá con todo.

Este 8 de marzo, tal vez deberíamos plantearnos preguntas incómodas: ¿quién descansa realmente en Andorra? ¿Quién puede permitirse no estar disponible? ¿Quién controla su tiempo?

Porque el tiempo es poder. No podemos hablar de igualdad si el cansancio sigue teniendo género. No podemos hablar de modernidad si el progreso se edifica sobre jornadas invisibles y autoexplotación emocional.

Reivindicación de los derechos

Reivindicar el derecho a descansar no significa rebajar la ambición, sino redefinir el modelo de país. Es afirmar que la sostenibilidad también es humana y que el crecimiento no puede medirse solo en cifras económicas, sino en salud colectiva.

Un país pequeño no puede permitirse agotar a sus mujeres. Quizás el gesto más radical este 8 de marzo no sea demostrar que podemos con todo, sino afirmar que no queremos tener que hacerlo.

Sin descanso, no hay igualdad; solo hay agotamiento.

Sílvia Mosquera, Copresidenta de Concòrdia